Robert Graves: poesía, fusiles, amor y memorias

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Alianza edita, con una nueva traducción de Alejandro Pradera, Adiós a todo aquello, el libro de confesiones con el que el poeta británico se despide de Inglaterra y, tras pasar por las trincheras de la Gran Guerra, da comienzo a su fértil exilio espiritual


Lo difícil en esta vida no son los encuentros, sino las despedidas. Nacemos sin sentir dolor –o, al menos, sin recordarlo– pero morimos, sea de forma literal o figurada, con esa sensación entre amarga y melancólica que provocan los cambios conscientes de ciclo, cuando la rueda de la vida nos acerca un trecho más a la extinción. En realidad, la madurez consiste en esto: aprender a despedirse de quienes fuimos, sin que acabemos de saber por completo cómo somos. Por eso, a veces, escribimos memoriales y confesiones. Para desentrañar el misterio que todos llevamos dentro.
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De entre toda esta literatura hecha de recuerdos destaca el libro –capital– que el poeta y novelista británico Robert Graves (1895-1985), de cuyo nacimiento se cumple este próximo julio algo más de un siglo, y cuya extinción tuvo lugar en Mallorca, en diciembre hará cuarenta años, escribió en 1927. Editado primero por Jonathan Cape en Londres, y revisado después por su autor para la versión definitiva de Doubleday (Nueva York, 1957), Goodbye to All That es, sin duda, una de las cimas de la literatura memorialística. Una síntesis, pavorosa y a ratos trivial, pero también sincera, llena de pasajes encantadores, sobre el arte del recuerdo y la ceremonia de los adioses.
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Robert Graves en su estudio
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Alianza Editorial, propietaria junto a la antigua Edhasa del catálogo de Graves en español, acaba de devolver esta obra a los anaqueles de novedades con una nueva traducción a cargo de Alejandro Pradera. Reencontrarse con ella es uno de esos lujos que, a veces, suceden en las librerías. El poeta británico condensó en esta obra las vivencias de uno de esos inesperados giros del destino, cuando el centro de las cosas cambia y descubrimos, asombrados, que nada es como parecía ser y lo que hasta entonces se ha vivido como seguridad o rutina se transforma en artificio.
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Andreu Jaume ha escrito –como siempre, con brillantez– que Graves fue un antimoderno en contraste con los demás poetas del modernism. Eligió instalarse en una especie de rudimentario clasicismo –una casa en una isla del Mediterráneo, con playas de piedras pulidas por el mar, un estudio con una biblioteca de pocos pero doctos libros, una imprenta artesanal, un jardín asilvestrado– después de vivir las experiencias de un soldado herido en Somme, una de las batallas de la Gran Guerra que cierra –con década y media de retraso– el XIX e inaugura la pasada centuria.
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Primera edición de 'Goodby to All That' (1927) JONATHAN CAPE EDITOR
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Tenía 21 años. A esa edad, tan temprana, aprende la falsedad del honor patriótico, la hipocresía social de la Inglaterra victoriana, en la que se había educado en el seno de una familia acomodada, y elige lanzarse a un exilio voluntario, que será muy fértil en términos artísticos. Asombra casi un siglo después la clarividencia del joven poeta al entender que debía optar entre una incertidumbre insular y nómada o la respetable muerte en vida inglesa. El resto es biografía: tres matrimonios, ocho hijos y un regreso temporal al Reino Unido, forzado por la guerra civil española.
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Antes de consagrarse al mundo antiguo –los mitos, las novelas, el estudio de la misteriosa Diosa Blanca– Graves encadenó, como se cuenta en estas memorias, un largo rosario de renuncias. Abandonó sus estudios en Oxford –sin obtener la licenciatura–, renunció a adscribirse a la tendencia poética de su propia generación y dimitió de la respetabilidad (figurada) de un matrimonio que era contrario a sus pasiones abiertas, incluida una casta proto-homexualidad. Podría decirse, en cierto sentido, que el suyo era un carácter valiente pero, como acostumbra a suceder en el caso de los soldados retirados, esta naturaleza escondía una lucha –devastadora– contra la neurosis, que es la herida invisible que dejan todas las guerras.
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'Poemas' de Robert Graves
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Graves fue un militar resurrecto –dado erróneamente por muerto tras recibir un proyectil alemán, quizás disparado por un familiar lejano, pues tenía ascendentes en el Reich– que, tras atisbar esa orilla del destino de la que nadie ha regresado nunca, decide cambiar por completo de vida. No sería catedrático. No sería un hombre de provecho. No iba a ser un gentleman. Para acelerar el tránsito dibuja el arco de los recuerdos de Adiós a todo aquello, donde nos habla de su linaje, sus vivencias escolares, la estúpida rutina de las batallas y los años de su adolescencia, que lo convierten (para siempre) en un outsider dentro su clase, de la que intentó huir a toda prisa alistándose en los batallones de Su Graciosa Majestad.
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En la milicia descubrió el dolor y la vulgaridad, que son dos hallazgos capitales en el caso de un poeta estricto. Dentro del batallón de locos de los fusileros de Gales –formado por niños y viejos prematuros– conoció de primera mano la desesperación: alcohol, brutalidad, suicidios. Bombardeos y cuerpos desarticulados. La tábula rasa e infinita de la guerra, donde no hay buenos y malos porque todos los que combaten son asesinos por obligación y necesidad, aunque a unos los presenten después como héroes y mártires y les levanten estatuas y a otros los consideren demonios.
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'Adiós a todo aquello'.
Sobrevivió. Escribió poemas antibélicos sobre las miserias del 14 pero dejó pasar toda una década antes de componer, en una prosa deliciosa, sin aparente ira ni excesiva melancolía, alumbrado por un estoicismo efectista, este largo poema sobre la juventud devastada. Su memorial es un libro ligero sobre un asunto grave, consumado con un envidiable sentido del distanciamiento. Una crónica (discreta) llena de contrastes: las miserias de las trincheras y el fervor patriótico de las masas. La decisión de no participar más en ese circo de mentiras dota al libro, escrito en apenas dos meses, rehecho muchos años después, tras perder a parte de sus amigos, indignados con su retrato, de una independencia de criterio prodigiosa.
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Graves había cumplido la edad de Cristo –treinta y tres años– y en su estilo se percibe su voluntad de contar lo que en su caso ya era su pasado, incluida una vida matrimonial conflictiva, para volver a empezar. En otro sitio. En otra parte. En otro mundo. De cierta manera, su falso obituario, publicado en el diario The Times una mañana de 1916, fue irónicamente cierto. El prematuro veterano de los fusileros de 1914 se convierte definitivamente en poeta –reescribe sus primeros poemarios para acelerar la metamorfosis, quemando todas las naves del recuerdo–, se funde con la naturaleza, madre y maestra, y reinventa, como nadie hizo antes, quizás desde Edward Gibbon, la historia de Grecia y Roma.
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El poeta británico Robert Graves
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El joven Graves, poeta de la guerra, en efecto, murió en las trincheras boscosas de Francia. Las exitosas ventas de sus novelas ayudaron su sucesor a sostenerse mientras imprimía artesanalmente poemas de amor para Seizin Press –formas breves, dicción sencilla, sobriedad gráfica– e investigaba la mitología pagana. Nunca volvió a recibir órdenes de nadie. Así creó su leyenda, lejos de Carnaby Street. En Can Alluny. Deià.
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Por Carlos Mármol